Los niños de Níger

Antonio Pulido Pastor, 2009

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Níger ha sido considerado este año 2009 por Naciones Unidas como el país de la tierra con el más bajo Índice de Desarrollo Humano. A sus carencias alimentarias y sanitarias, se unen las educativas, frenando así las posibilidades de progreso para una nación que se encuentra en el corazón del continente africano.

El ser humano en Níger tiene una esperanza de vida de 44 años, es decir que alguien como yo, de haber prosperado allí, se encontraría en la más plena senectud, con altas probabilidades de encontrarse muerto dentro de pocos meses. El índice de analfabetismo ronda el 86 por cien de la población y la educación, aunque pública, tiene un bajísimo nivel, careciendo de los más básicos elementos materiales.

En ese contexto, cuando los hombres y las mujeres se fraguan lejos aún de su pubertad evadir la miseria, pelear contra el destino que te hunde en el hambre, es toda una proeza que sin duda lleva a una sobrecarga en el seno familiar

Hay quien propone, simplemente con sus actos o sus intenciones que África sea un vertedero, una inmensa extensión donde se amontonen los residuos obsoletos del Norte opulento. Una campaña de juguetes u otra de zapatos usados, son las más recientes que he visto iniciarse por aquí ahora que se atisba cercano el horizonte navideño, cuando las almas parecen enternecerse y los corazones se desgranan en migajas de generosa compasión.

Los niños de África no necesitan enseñarles a jugar, no necesitan juguetes que sean ni más ni menos que parámetros y patrones con los que soñar un lejano viaje contra la adversidad marina que les inserte en el entorno que así es posible impregnen de sus anhelos. Aquellas sociedades que para algunos pudiesen parecer remotas y primitivas, tienen como ni imaginar podemos, muy desarrollados sus vínculos familiares y tradicionales y el juego es una parte importante en la vida de todo niño.

Los niños de África, y del mundo hambriento en general, simplemente necesitan tener satisfechas las necesidades más primarias que no les obliguen a cuidar ganado a partir de los siete u ocho años, a recolectar cosechas, a trabajar en las minas, a asistir el trabajo doméstico mediante el acarreo de leña o agua. Es entonces cuando podrán asistir a la escuela, cuando podrán jugar con aquellos elementos que siempre les resultaron cercanos y no con reflejos que un día pueden convertirse en sueños rotos.