“La noche se viene a reposar en estos rostros, donde encuentra dos lunas engalanadas.
No es menos noche, sino más iluminada”.

Antonio Pulido Pastor
Octubre 2016

Durante la segunda quincena del pasado mes de Abril, tuve la oportunidad de visitar Gambia en compañía de la ONG Bushara y compartir con ellos días de camaradería y labor humanitaria. Lo primero estaba asegurado, conociendo ya al grupo de ocasiones anteriores y la entrañable familiaridad que practican en todo lo que llevan a cabo. De lo segundo, tenía ciertas nociones, en tanto que estaba en contacto con los proyectos en ejecución, sobre todo el escolar, pero me faltaba el trato cercano, la aproximación que hiciera posible la impregnación que deja tu alma a merced de la plena disposición con este tipo de iniciativas.

Viví muy de cerca la gestación de esa escuela. Si bien en sus inicios se planificó mentalmente en otro suelo, bien es verdad que, a lo largo y ancho de África, salvo escasas excepciones, una obra así acaba dando el mismo resultado donde quiera que se ubique.
Gambia, la tierra que fue de los antiguos hombres de Ghana y el reino de Mali tiene una ubicación estratégica y una conformación que le ha marcado de forma triste en el desarrollo de su historia del Occidente Moderno.

La vena fluvial que da nombre al país, el río Gambia, se adentra en el continente africano, sirviendo de vía de entrada a los portugueses desde su cercana base de Cabo Verde, que asaltaban el continente para extraerle el alma y encadenarla de por vida allende el mar, en la lejana América. Su paso a dominio inglés con posterioridad, le dio el distintivo anglófono que es exclusivo en la zona, una costa que portugueses y españoles consiguieron dominar hasta su declive a finales del s. XVIII.

El hecho del esclavismo, pese a ser reconocido históricamente, no ha adquirido sin embargo el reconocimiento internacional que merece en el grado genocida que realmente supuso. El hecho de que, muchos de las generaciones que fueron exportadas y llegaron a Estados Unidos o Canadá tengan un nivel de vida actual muy superior al de su tierra de origen, parece ser suficiente tanto a ellos como a los gobernantes que rigen los designios políticos de la tierra en que ahora habitan como justificante que permita pasar página sin más. Sin embargo, encierra en sí muchos de los parámetros para ser considerado como crimen de lesa humanidad y, por tanto, carácter imprescriptible que debiera obligar a compensaciones por ciertos Estados y beneficiar a estos otros que ahora siguen siendo víctimas de los manejos de la política y el comercio internacional.

Resulta curioso que se tengan presentes simplemente hechos de carácter similar cuando interesan a determinados sectores…como es la constante pretensión de atribuir a Turquía el genocidio armenio o el mantenimiento de compensaciones y vergonzoso sentimiento culpable que aún mantiene Alemania respecto al Holocausto judío. Sin embargo, cuestiones como esta o alguna otra, pasan al olvido sin más pena ni gloria.

Viene esto al caso de que, cuando se llega al continente africano con cierta noción de solidaridad y servicio, uno encuentra algunas aberraciones humanitarias que cuesta pasar por alto. Sobre todo, si cierto grado de honestidad personal mueve a intentar ser ecuánime allá por donde pasa. Si la Declaración de Derechos Humanos, es universal, es fácil entender que trasciende fronteras, razas, religiones y todo lo que pueda servir para catalogar, dividir, diferenciar, a los seres humanos más allá de esa simple condición.

Alguien, en cierto momento de la historia, se atribuyó el derecho a invertir la dirección de los flujos en los procesos más que ancestrales que han comunicado al continente africano con el nuestro al menos desde que Egipto marcó un antes y un después en el desarrollo de la civilización occidental y en el modelo de Estado centralizado.

Aunque pueda sorprender, el trigo egipcio ha sido el primer protagonista en la historia de explotación de África por Europa. Sirvió al esplendor griego y posteriormente al de la metrópoli romana y ha sido ansiado por todos quienes han pretendido dominar el gran valle del río añil. A aquel dorado bien le siguió el “oleum ifriqi” que junto al de la Baetica Hispana sirviera como combustible alumbrador en las calles y casas en el contorno del Mare Nostrum. En algún libro leí que, la grandeza del Califato de Abderrahmán III se debió al oro y esclavos procedentes del Sudán. Con ese nombre no se hacía alusión entonces al actual país así denominado, sino a un término general que procede del árabe “sawdá”, la negra.

Si bien en aquellos tiempos, las relaciones fueron más equilibradas, a partir del uso de la pólvora el balance se decantó de la parte europea y a partir del s. XVII Portugal primero y Francia después son los grandes beneficiados en su relación con la mitad norte del continente vecino. Inglaterra no lo hace hasta haber perdido sus colonias americanas y tomar rumbo hacia el sureste asiático, estableciéndose de paso en Sudáfrica y el hueco que Portugal había dejado libre en la franja oriental.

El proceso industrial europeo, ha sido el gran devorador de recursos de ultramar desde entonces, sobre todo minerales de alto valor, (oro, diamantes, petróleo) y algodón como fibra textil entre los recursos materiales, y vidas humanas que sirvieron para dar continuidad al modelo productor esclavista de la Antigüedad. Hoy en día, de forma más sutil y enmascarada por el trabajo de trastienda que maneja los gobiernos locales, los activos de grandes territorios como el africano siguen saliendo de allí para abastecer, sobre todo en forma de materia prima, los procesos industriales que se dan más al norte.

La gran vergüenza humanitaria que debiera haber supuesto el hecho esclavista euro-americano, parece no haber hecho mella y aún hoy se mantienen los ritmos de explotación abusiva hacia otros países.

En mi viaje por tierra hasta río Senegal, tuve la ocasión de detenerme donde la carretera de Nuackchott intersecta a nivel y cielo abierto con el camino de hierro por el que discurre el tren más largo del mundo, el que transporta unos 300 vagones diarios desde las minas de hierro de Zourat hasta el puerto de Noadhibú, donde su carga es embarcada con destino a Francia. Ese convoy, de casi dos kilómetros de longitud es como una arteria roja por el que cada día se desangra la riqueza minera de aquel país. Allí, en el puerto de salida, un cementerio de barcos, de construcción extrajera por supuesto, viene a ser el símbolo cadavérico de lo que aquello significa. Frente a eso, claramente contrapuesto, cualquiera de los notorios puertos deportivos del Mediterráneo, desde Sotogrande hasta Corfú donde la opulencia se desata en competencia con las vistas a babor y estribor. Otro signo claro de contraste fue el del nivel de vida de aquellas gentes, con los flamantes vehículos todo terreno modelo Land Cruiser y motos de alta gama que usaba el elemento represor por excelencia, la policía nacional.

Fue entonces cuando entendí claramente que la pobreza de otros, sirve para mantener mi actual nivel de vida, y el de tantos y tantos otros como yo, pese a que la mente intenta esquivar ese tipo de sensaciones a fin de no generar conflictos de conciencia por lo general difícilmente resolubles. Desde siempre tengo una extraña tendencia a empatizar con las causas imposibles, a escorar hacia el lado de los favorecidos por la miseria y los desastres, a evitar el lado fácil de las cosas. Ello me ha situado aquí.

Gambia es un monumento vivo a la práctica depredadora del ser humano entre sí, que aún parece mantenerse sin que exista un compromiso internacional en el apoyo a su desarrollo y mejora en las condiciones de vida de su población. El origen de sus límites administrativos como su estructura geográfica y ciertos hitos que aún persisten en ella, (Banjul, Isla James, Janjabureh) se encargan de recordarlo a poco que se echa un vistazo sobre los modernísimos mapas actuales tan al alcance de cualquiera vía Google o se investiga en el pasado de su relación histórica con Europa.

Alguien me dijo una vez que, teniendo acceso a un alto standing, se pueden arreglar muchas de esas situaciones. De ser así, ha habido margen más que suficiente para corregir este tipo de desequilibrios. Los notorios y loables mecenas que hay repartidos por el mundo con intensa labor humanitaria, ni siquiera sirven para establecer modelos que modifiquen la conducta general. Quienes amarran yates de alto nivel en los puertos de lujo del Mediterráneo suelen ser los grandes beneficiarios de este tipo de relaciones o sus herederos. Por eso difícilmente serán quienes ayuden a resolver desigualdades ni diferencias en el balance, dado que les resulta muy favorables. Valga como ejemplo la postura, recientemente conocida en prensa, de la familia Rostchild en Camerún con respecto a los bosquimanos que cazan en aquellas tierras de las que se consideran usufructuarios. Que nadie es propietario de la Tierra, es un concepto que parecemos olvidar fácilmente.

Mi padre siempre mantuvo la teoría económica de que poco de muchos era más que mucho de pocos. A día de hoy, y en algunas cuestiones, ese planteamiento parece seguir siendo efectivo. Es el porqué de las Organizaciones no gubernamentales y el fundamento de la solidaridad entre todos. Es también por eso, que estamos aquí, recorriendo este camino.