El Tren más largo del mundo

Antonio Pulido Pastor

Untitled6

Abril 2007. Semana Santa en Sevilla, perfume de azahar se despliega a borbotones desde los naranjos, la cera ritual invade con su aroma las calles y el aire se acompasa por el ritmo de bandas y tambores. En Málaga, ciudad en que habito, el ambiente festivo ha de ser similar, pero el aire de sal  del cercano mar es húmedo y de temperatura muy suave.

A tres mil kilómetros de allí, poco después de la frontera entre Marruecos y Mauritania, estoy sumergido en un mar de arena. En este preciso punto, el asfalto es sesgado por una línea de ferrocarril. Nunca había visto hasta entonces paisaje tan inmenso. A pesar de la sinuosidad de las dunas, las distancias son ambiciosas y el horizonte busca el infinito. Es el único lugar donde he visto las rectas unirse. Esta alineación férrea en paralelo se besa donde la vista no llega ya a distinguirlo. Un receso en las inmediaciones establece el lapso suficiente para encontrarme con el carro que aquellos raíles recorre. El tren del norte, el que baja desde las minas de las montañas, en la ciudad de Zuirat hasta el puerto de mar que se encuentra en Noadhibu. El tren más largo del mundo.

Entre curiosidad y entretenimiento un somero conteo revela que aquella especie de oruga mecánica es encabezada por la fuerza motriz de tres locomotoras, a cuyo tras se engarzan 280 vagones para transportar el mineral de hierro. Otras tres cabezas tractoras que empujan desde cola, cierran aquella estirada caravana mecánica.

Enlace de video: https://www.youtube.com/watch?v=yXXFZCsuQPk

Es mi primer encuentro con tan estirado artefacto. Algo me remueve el interior, más aún no soy consciente de su alcance. Habrá de pasar una semana, adentrarme en la inmensidad sahariana del país, recorrer su estepa o sabana, llegar hasta Senegal y volver después de casi perderme en las arenas del Banco de Arguin, donde la única referencia segura era discurrir con el mar guardando tu costado.

Atraído por la presencia de la foca monje, una semana después estoy en Noadhibu, buscando los acantilados de Cabo Blanco. En mi interior se han acumulado los ires y venires que descargan el pescado en la capital del país, los cayucos faenando frente a las inmensas olas del Atlántico, sus colores rivalizando frente al mosaico cromado textil de aquellas mujeres que les esperan para recoger y vender la salada mercancía que sus consortes lograron burlar al dominio de Neptuno. He sudado en Maatamaulana, con los 42 grados del interior de aquellas casas de adobe techadas con chapa de zinc, sin agua ni energía corriente que permita mantener neveras o ventiladores, la densidad de vehículos aquí es de uno por cada tres mil personas, con la curiosa particularidad de que no hay más personas ni, por ende, más vehículos, las emergencias sanitarias se cubren como se puede para recorrer los cuarenta kilómetros que hay de arenas hasta la que llamaron carretera de la esperanza, otros ciento veinte kilómetros de asfalto hasta la capital del país, Nuakchott, donde el hospital más cercano espera con paciencia a quien pueda ser paciente. Poco más al sur junto al río Senegal, los niños juegan en asuntos de mayores, lavando ropa, porteando agua o guardando ganado.

Hemos ido hasta allí para llevarles ayuda, sinceramente, algunos restos de lo que a este lado del mundo nos sobra y casi desechamos, viejos juguetes, medicamentos no usados, gafas en desuso y poco dinero metálico. En contrapunto, recibimos en su mesa la muestra de su mejor ganado, arroz o pescado, desconociendo si acaso ello les resta algún bocado. Es la simple y sincera hospitalidad de la sociedad rural más antigua con la que hasta el momento me he topado.

Ahora, el cabo ya no es blanco. Me encuentro otra vez con el tren más largo del mundo. De férreo mineral abarrotado. Sus trescientos cajones llegan hasta un puerto industrial perfectamente dotado. El embarque del rojo botín de cobre le dispersa en el aire y el cabo se tiñe de sangre empolvado. Aquellas rocas blancas de cal marina parecen querer avisar de un atraco.

Cuando me entero del destino, Marsella u otro puerto avanzado, un inmenso dolor me atraviesa de lado. Trescientos vagones como trescientos camiones, que varias veces al día desembocan en aquella punta del mundo  para poner rumbo a lugar lejano.

Son casi mil kilómetros los que en su camino han dejado atrás, kilómetros de posibilidad para desarrollar un territorio, con ferrocarril estructurado, por el que discurre semejante volumen de recurso natural. Sin embargo, no hay pueblos, más que campamentos de nómadas asentados viviendo de camellos o comercio de contrabando. Ante tamaña estructura de embarque y aforado que pone naves al mineral para el país quedar desahuciado, echo en falta las empresas del acero que pudieran generar beneficio doblado. Sin embargo será su retorno acerado el que llegue hasta aquí como consumo gravado, desequilibrio comercial, déficit asegurado.

Hoy es domingo cualquiera, de primavera o verano, y al primer mundo he regresado. Visito una de tantas instalaciones de ocio como en la costa pueden encontrarse entre parques temáticos, de aventuras, zoológicos o acuáticos. En cualquiera de ellos, al entrar unos veinte euros por persona habrás gastado, tres euros además me cuesta, normal, un helado. En un pis pas, más de sesenta euros habrás empleado, si se te ocurrió probar bocado. Apenas dos horas hace que has entrado y de tu bolsillo se han restado.

A este lado del mundo, acerado, bienestar, dinero sobrado. En aquel otro, hierro, tren mineral, expolio asegurado.

Mauritania es un país rico. En su aparente aspecto inhóspito y pobre marcado por el desierto se encierran riquezas minerales. Además del hierro, produce oro, fosfatos, diamantes y petróleo.

También la riqueza pesquera de su frente litoral es organizada y aprovechada por intereses externos al país. En aquella parte del mundo, una familia sobrevive con menos de 100 euros al mes, salario medio correspondiente a un funcionario de cierto nivel como el educativo. Entretanto aquí, cualquier fin de semana una familia de cuatro personas, tiene ese mismo gasto simplemente en actividades de ocio o esparcimiento a poco que coma fuera de casa.

En estos días no cesan de aparecer noticias sobre la llegada de cayucos a las costas de administración española. Desde que el vecino país del Magreb colabora en la represión de su emigración y la repatriación de subsaharianos, el tráfico de embarcaciones desde el vecino litoral africano ha variado en cantidad, composición, origen y destino. Las noticias, antes parecían más lejanas, y podrían seguir siéndolo de no ser porque personalmente conozco ya bien aquel territorio, sus gentes, sus necesidades y lo que les limita manteniéndoles en un límite de miseria que difícilmente pueden superar por sí solos.

Los colores del cayuco, no son sino reflejo de alegría. Son gentes alegres aquellas acostumbradas a vivir en su medio, pero la situación de economía global impuesta por los grandes actores internacionales, junto con el expolio o malversación de los recursos naturales que produce su tierra, les ha llevado a un empobrecimiento desmedido que no puede llevar sino a la desesperación y a la búsqueda de lo que pudiera ser un paraíso lejano que fácilmente se les aproxima de manera virtual a través de los modernos medios de difusión y comunicación.

Alimentada su angustia vital por todo esto, prosiguen el curso de aquellos enormes barcos que desde sus costas retiran el preciado mineral, los productos agrícolas o forestales de su tierra, así como el pescado de sus mares, por la simple necesidad que se tiene de vivir con lo que produce el medio más cercano. Si no es allí posible, habrá de ser allá donde aquellos vayan.

Curiosamente nos preocupamos del bienestar del toro de lidia, recuperamos del agotamiento y embarcamos en avión a una foca para llevarla a Nuevas Hébridas, nos preocupamos de manera indecible, a veces rayando en el absurdo, por una mascota, una planta, un ser vivo de cualquier índole, por el simple hecho de SER y retornamos a una miseria segura a estos hombres y mujeres que llegan aquí en pos del futuro que poco a poco se les roba desde este lado del mundo para lograr un bienestar cuyo excedente les pasamos después en forma de cooperación o limosna.

Abrimos la puerta para la entrada de los grandes barcos, cargados de material y la cerramos para aquellas pequeñas embarcaciones que llegan rebosando HUMANIDAD.

Antonio Pulido Pastor, 2008

Mataamaulana          معطى مولانا